viernes 3 de julio de 2009

Cosas por las que merece la pena ser padres I

YO: "Cada vez me levanto peor por las mañanas, me duele el cuerpo y los hombros, ¡Uff!"

PABLO: "Claro mami .... ¡me regañas taaannntoooo!"

COMENTARIO: ¿Qué hago? ¿le digo algo o me lo como?

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PABLO, viendo un comentario futbolístico sobre el Barcelona: "Ves mami? ¡los negros son los mejores! ¡¡siempre están en el suelo!!"

COMENTARIO: Para mi hijo, caerse y hacer falta, es una parte imprescindible de jugar al fútbol. Que para mi desesperación ¡le encanta! Lo cuál ha permitido a su padre salir del armario. ¡Sí! El mismo que me juró y rejuró que lo odiaba antes de casarse como Dios manda. Ya le he advertido que esa mentira es causa de nulidad matrimonial. Porque mintió sobre un aspecto que para mí sí era imprescindible para dar mi consentimiento. Las tardes dominicales de "Estudio, estadio" fueron suficientes para crearme una alergia galopante en contra.
Consencuencia: estamos meramente "arrejuntados" y así se crean familias desestructuradas y con hijos problemáticos. Y todo por el fútbol dichoso. ¿No dan ganas de llorar?

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El juego de ser un bebé en Etiopía al que yo tengo que recoger, está cediendo terreno ante el juego de Popeye y Chupi. Son dos ponys de un picadero cercano en los que mi hijo ha montado alguna vez. Le gusta hacer de caballo y yo tengo que lavarlo y peinarlo. Eso sí, no renuncia a que haya bebés caballos que acaban de nacer.

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PABLO (cuando quiere conseguir algo, como un batido de "cocholate"): "Mamá! ¡No estás guapa! ¡Estás guapíííísiiiiima!"

COMENTARIO: Sobran.

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PABLO: "¿Sabes, mamita? Tú y yo no somos iguales porque tú eres blanca", dice, mirando mi brazo.
Mira al de su padre, y ¡sorpresa! "claro que papá" ......y duda largo rato " sí creo que es como yo" Supongo que porque el brazo podría ser el de un osito con un montón de pelos negros que lo oscurecen.

"Pero no te preocupes, mami, que nuestros corazones sí son iguales"

COMENTARIO: Una vez le comenté algo que a mi me había emocionado. Una forera se encontró en una discoteca (para que luego digan) con un adulto adoptado pocos días antes de que ella volase a Etiopía para recoger a su hija. Este hombre había recibido el siguiente regalo de su abuela adoptiva: "tú eres del color de mi corazón y siempre lo serás". Cuando me lo contaba, las dos lloramos por teléfono. Es una frase que, poco a poco, se va extendiendo.

A mi hijo nunca se le ha olvidado.

martes 9 de junio de 2009

Ahora

"¡Mamá! ¿Jugamos al avión, y que yo era el taxista y luego el bebé y que tú me vas a buscar a Etiopía? ¿vale? ¡¡venga!!". Y como no admite un "no" por respuesta, pues a jugar.

O sea, me siento en el sofá, "llamo" al taxista para que me lleve a Barajas, mi hijo se convierte en el piloto, y me "lleva" a Etiopía. Allí me "recoge" Pablo-Kaleb (su amigo de la casa de huéspedes) y me "lleva", primero al hotel, y luego a la casa de los bebés, a por el mío, que se llama Pablo ... y que es él, claro. A partir de ese momento, mi hijo retrocede unos dos años y medio de edad. Hasta casi la hora de cenar. O más allá.

Y así una tarde, y otra, y otra más. Mi hijo mayor quiere ser un bebé de nuevo. Y es capaz de pasarse toda la tarde haciendo pucheritos y hablando en babylenguaje, o sea, parloteando como él cree que lo haría un bebé. Además, tengo que cambiarle de mentira un par de veces el pañal por las tardes; y, ya de verdad, por la noche me he pasado al calzoncillo pañal para niños mayores porque la lavadora me ha lanzado un ultimátum muy claro. O trabaja menos o me compro otra. Y el patio no está para lavadoras nuevas a estas alturas después del macroviaje africano. Y si al menos el "escape" se produjera sólo cuando está dormido, tendría un pase. Pero no. Dormido o despierto. Es igual. Así que el catálogo de ropa interior ha tenido que aumentar proporcionalmente al desastre.

La regresión es brutal. Y cuando está en plena representación, pues, su hermana tiene que ser relegada a un lado. ¡Claro! no vaya a robarle el protagonismo, ni los mimos que a su juicio, solo tienen los bebés.

Así que Ana, empieza a llorar porque no comprende por qué no la cojo, o la aparto o me empeño en dejarla en el parque del salón a falta de manos o cuando su padre está trabajando. Parque que se ha convertido en un mecanismo automático. Es tocarlo con el pie, y comienza la tragedia griega. Me mira con su cara margarettatcher, como acertadamente la bautizó el Dr. Markus, aprieta los párpados, frunce los labios, abre la boca .... y comienza la guerra de desgaste. O sea, de desgaste de mis nervios. El a-ver-quién-puede-más, yo, llorando, o tú, haciendo como si nada.

Los métodos de aprendizaje de padres están muy bien, pero deberían de adjuntar un curso de yoga o meditación trascendental, la verdad. No he echado mano de la valeriana todavía por el temor bien fundado que tengo a caer en una grave adicción.

Y nada de "¡pobrecita!". ¡Pobrecita yo! ¡qué narices! Lo tengo todo en contra. incluída la apariencia, que es lo peor. Mirad, es sacarla del parque y que el río de mocos, lágrimas, gritos y demás parafernalia se corte de forma radical. De repente. Sin transición. Entonces, me mira con los ojos ladinos de quien ha ganado, se echa a reir (no exagero) y se larga trotando. Porque antes que correr, mi hija trota; se inclina hacia delante, rompe la verticalidad, y sale escopetada hacia cualquier parte para evitar ser apresada de nuevo. "¡¡Ohh, ohhhh ¡¡¡Freedommmmm!!! ¡¡Oh, oh!!! ¡¡Freedom!!.. etc". Cuando veo a mi hija correr no puedo dejar de acordarme de esta canción de los esclavos negros de Norteamérica que cantábamos en los scouts durante la marcha. Decididamente, es su banda sonora.

Ella es independiente, libre. Y yo no soy nadie para coartarla. Piensa así. Y me lo hace saber. Este mico de 5 ó 6 años encerrado en el cuerpecito de un bebé de 15 meses, me reta, me engaña, me puede de continuo, me calibra. Sí, no engaño. Todos los días me examina para decidir cuál es la mejor forma de dominarme y que no la moleste demasiado. Ya ha abandonado la técnica de ablandarme cogiéndome de la cara con las dos manos para acercarme la boca a su frente. Al principio, me derretía, lo reconozco, pero ya se ha dado cuenta de que no cuela para conseguir sus objetivos (que suele ser o libertad o comida). Me reta.
Anoche, sin ir más lejos.

Me enfrenté a esa temida hora, la cena, con valor. Lo prometo. Desempolvé las hojas de las canciones que había buscado para Pablo durante sus primeros meses de guardería. Y empezamos a recordar. Pablo estaba maravillado, pues eso le retrotraía al menos a año y medio atrás. Y ahora mismo él no tiene otro objetivo que ese, decrecer. Pero Ana se volvió literalmente loca. No podía aguantar ver la comida en mi mano y que ésta no avanzara rápidamente hacia su boca, sino que se empeñara en dibujar en el aire con la música. Porque yo me distraía cantando y reducía el ritmo de los bocados. Y no lo toleró. Ya le ha costado acostumbrarse a comer a dos manos: o sea, las mías. Una mano para ella, otra para Pablo (que, por supuesto, exige que también le den de comer). Y, como no tengo más que dos manos, estoy pensando seriamente en utilizar los pies. Me hacen falta para sujetar las manos de mi hija, que, al igual que sus ojos, tienen vida propia y aprovechan todos mis despistas para revolcarse dentro del plato.

Puestas así las cosas, (lo del teléfono sonando, lo dejo, porque es un factor incontrolable) el papi llegó providencialmente para apartar la comida fuera del campo de visión de la troglodita, y yo pude terminar la otra cena y alguna canción más. Ante las protestas de mi hijo-mayor-venido-a-menos que me reprochaba que no le prestaba atención. En estas ¿se extraña alguien de que yo estalle cuando me vienen con los dimes y diretes de toda la vida? ¡Pero si me importan un pimiento! Y además, están tergiversados. En fin, que no tengo cabeza nada más que para atender a la regresión de mi hijo, y a las ansias y angustia de mi hija. ¡Pobre! ¡qué hambre ha pasado! Lo demás, sobra.

Además, poco a poco, voy aclimatándome, tranquilizándome, asumiendo mi nueva condición, después de tanta turbulencia emocional. Bueno, no lo hago sola, sino con el padre de las criaturas, por supuesto, del que no hablo mucho para no avergonzarlo, pero que es un santo (véase el dibujo más abajo). Voy aprendiendo que las cosas mejoran, que lo principal y lo único importante, mi familia, llegará a buen puerto. Ya lo vemos en pequeñas cosas. Como con Pablo, cuando se mete en el parque con su hermana a ver la tele, para que no esté sola y acaban jugando a "hacer ruido" (juntando las piernas, tumbándose de espaldas, y dando patadas a cada cual más fuerte), o cuando juegan al pilla-pilla o a hacer caras frente al espejo que tenemos apoyado en el suelo y que no nos decidimos a colgar, habida cuenta del buen uso que le han buscado. Se buscan, juegan juntos (Ana sí mira a los ojos a Pablo y no le rehúye la mirada, así que eso me da esperanzas de que también llegará a hacerlo conmigo), se alegran y se ríen a la vez. Ana no para de imitar a su hermano, que se ha convertido en su boya en ese océano de incertidumbre al que le ha empujado su vida; y Pablo va superando el mal trago de los últimos días de Addis y el susto de la comprensión, para recordar ahora esos días con cariño. Está pasando su regresión con celos mínimos gracias a que participó en la búsqueda de su hermana, y se pavonea cuando ella va a buscarlo a clase y todos los niños quieren tocarla. Entonces, es el Rey.

Y yo, pues en fin, no me da mucho tiempo para pensar en cómo me siento. Y quizás incluso lo evito porque creo que no me gustaría demasiado la conclusión. Todavía no. Mientras, aprovecho los momentos buenos y la creciente sintonía que se está fortaleciendo entre mis hijos, intento llamar a mis amigos (o tengo pocos o todos tienen la enorme manía de estar muy ocupados o de trabajar o de llamarme cuando no puedo atenderlos ¿?) y sigo empeñada en que los papis experimentados me suelten la clave de su éxito. Especialmente aquellos que tienen 2 plus. Pero nada, no quieren darme el gusto. Y espero. Espero con ansia y con gran escándalo de las que me leéis, lo sé ¡¡que llegue el día de volver al trabajo en horas diurnas y a jornada completa!!

Una mami algo vapuleada y no sé muy bien si buena o mala. B.

jueves 2 de abril de 2009

Cosas positivas

A ver, ¡se acabó la melancolía! Hoy me he levantado decidida a ver solo las cosas positivas. Es verdad que hemos vivido momentos muy intensos y me han dolido algunas cosas. Pero estamos en casa ¡y con Ana! Aunque a veces me parezca mentira. Como dice el abuelo del anuncio de la Coca-cola, al final, solo quedan las cosas buenas. Así que comencemos a hacerlo realidad. Ahí van las mejores cosas que se me pasan por la cabeza ahora mismo:

1.- Estamos en casa por fin los 4. La única finalidad de esta aventura ya está cumplida.

2.- Dejando de la lado su comportamiento especialmente con la comida, Ana parece tener buena salud y un desarrollo aceptable. Pendientes los análisis de sangre, el pediatra la ve bien.

3.- Es una niña muy lista, despierta y está deseando reírse. Pero también tiene carácter. Mucho y fuerte. Puede tener una gran mala leche y pone cara de cabreo si quiere que se le note. La guerra entre ella y yo acaba de comenzar. Qué duda cabe de que ganará ella.

4.- Pablo la ha aceptado como hermana, aunque todavía no digiere todas las circunstancias. Y por si acaso, advierte a todos los que se acercan a ella: "¡cuidado! ¡que araña y muerde!". La respuesta normal de la gente es preguntar si hemos traído un gatito. Menos mal que ya va olvidando los mordiscos que recibió en los mofletes cuando intentaba besarla los primeros días.

5.- Tiene celos de ella, y ha tenido una regresión, con noches que resultan muy cansados para todos. De lo más normal, vamos. Y en realidad, no tengo ni idea de quien es el más bebé de los dos.

6.- La niña nos ha aceptado muy bien, y nos busca sin cesar. Como cuidadores o como lo que sea, pero nos necesita. En realidad, no era muy difícil porque no reconocía a las cuidadoras de la casa.

7.- Había tres cuidadoras de la época de Pablo y entre ellas, la limpiadora tan dulce que tanto lo quería: Senax (no estoy muy segura de cómo se escribe). No acabo de comprender por qué no la ponen como cuidadora, pues su carácter le vendría muy bien a los bebés.

8.- Reencontramos al Dr. Markus mejor que nunca.

9.- Vimos otra cara de Addis: la de la ciudad normal, gente joven con ganas de divertirse, muchos universitarios y una clase media que empuja fuerte (con muchos móviles de segunda mano, pero clase media al fin y al cabo). Y tengo que recalcarlo, aunque en mi recuerdo se grabasen de forma más marcada las fuertes diferencias sociales y el incremento importante del hambre.

10.- La casa de huéspedes fue un hallazgo. Un sitio muy tranquilo donde refugiarse para conocernos y descansar de las visitas a la casa de transición. Tenía unos encargados muy cariñosos; especialmente con Pablo, que desaparecía todos los días cuando las cocineras hacían pan ácimo para hacerse con sus buenos pedazos. Lo hacía entre la diversión de las dos chicas que fingían no darse cuenta, para perseguirlo después. O si no, Pablo se iba al garito del portero, o se peleaba con el encargado de la casa, un chico joven que estaba encantado de presumir de "mascota" con sus amistades .. especialmente femeninas. Limpiaban todos los días y las toallas eran como las de mi casa. Estaba situada cerca de dos centros comerciales y con bastantes restaurantes cerca a los que acudir con los niños. Por cierto, que salvo un par de veces, los cuatro no nos separamos ni para comer. Además, podíamos encargar comida o cena casera en cualquier momento (memorable la injera que hacían). Cerca había una especie de tienda de comercio justo, con precios tasados, de souvenir y otras cosas elaboradas por una fundación de fomento de la mujer. Fuimos en varias ocasiones (gracias Merce, cielo, por la información -y mucho ánimo que ¡ya estás allí!-). Y al lado también estaban las oficinas de Ethiopian Airlines. Nos dimos cuenta para la segunda de las dos visitas que tuvimos que hacer .. por cortesía de la ECAI.

11.- El ambiente fue muy bueno también con las familias adoptivas de EEUU y de Alemania con las que coincidimos en esa casa de huéspedes. Una relación muy serena que nos permitió conocer el funcionamiento de otros países, poner en su sitio la supuesta alarma social y practicar inglés (imprescindible).

12.- En opinión de mi hijo Pablo, lo mejor son los aviones y los taxis. Los matatus le hacían gracia pero no acababan de convencerle del todo. ¡Ah! Y las pizzas, especialmente la del ratón de la Pizzería Italia.

Besos. Blanca

PD: Y mañana, ¡de aniversario!

domingo 22 de marzo de 2009

Estamos en casa

Llegamos hace dos días. La segunda fecha de vuelta fue la vencida. Hemos pasado 20 días en Etiopía y la experiencia no ha sido tan agradable como la primera vez. Los cuatro hemos pasado una catarsis y a mi me ha dolido la experiencia de mis dos hijos y la ciudad entera. Las desigualdades sociales se han multiplicado en estos tres años y tuve la sensación de que la esperanza estaba abandonando a sus habitantes (mi marido en cambio, encontró Addis mejor que la primera vez ... subjetividad, supongo).

La casa de huéspedes fue lo mejor y lo peor, los sentimientos de mi hijo Pablo y la soledad que percibía en la histeria de mi hija Ana. Y por supuesto, la ECAI. Han olvidado quienes querían ser, y han perdido sus dos ventajas: la casa, y la cercanía y el trato con las familias. En general, ha habido poco contacto y relación con otras familias. Pero gracias, Carlos, Foro, gracias abuelos, por jugar con Pablo y comprender lo difícil que era esta experiencia para él.

No me siento todavía capaz de hablar. No tengo ganas de hacerlo. Tampoco estoy muy segura de poder transmitir lo que siento. Y necesito tiempo para que la rabia se me calme. Acabamos de llegar a casa y me tranquiliza poner lavadoras, ordenar las cosas y llorar a gusto. Y lo único que deseo es que las familias que conozco y están a la espera puedan ir a por sus hijos. Por fin, en casa.

Blanca.

jueves 26 de febrero de 2009

Recordando la primera experiencia ....

El sábado conoceremos a nuestra hija. Dentro de menos de 48 horas. En un día muy especial para mi familia y, curiosamente, a los 113 días desde la asignación (mi numero preferido). No voy a decir que sea el mejor día, porque sigue pareciéndome una eternidad. Ha pasado demasiado tiempo desde que vimos su primera foto

Y en estos díás me he perdido muchas cosas. Mi hija ya sabe andar.

Faltan pocas horas y este será mi último post sin ella.

Pensando en este nuevo viaje e intentando decidir que puedo aprovechar del anterior, lo primero que me viene a la cabeza es una selección de cosas útiles e inútiles. Es una lista bastante sui generis, y supongo que cada familia la expone de una forma diferente.

Recuerdo que, para nosotros, hubo dos objetos imprescindibles en el viaje de recogida de Pablo. Los paquetes de toallitas húmedas (compañeros inseparables de cualquier padre con bebé) y un artefacto que compramos y permitía calentar y desinfectar biberones mediante vapor de agua. Bastaba poner un tapón de agua (mineral, por supuesto) en una ranura y, si ponías dos biberones boca abajo, se desinfectaban. Si los ponías llenos de agua (mineral, por supuesto) boca arriba, pues calentabas el agua para preparar la leche y la papilla. Al desinfectar, nosotros metíamos también las tetinas y cucharillas. Este mecanismo nos estuvo sirviendo durante mucho tiempo después de que volviéramos a casa ... hasta que se rompió, de la caña que le dimos. De lo más útil.

Utilicé también las bolsitas de suero (la botella de agua anaranjada fue mi compañera durante los primeros días y os aseguro que no se por qué, pues cumplí todas las precauciones ... yo creo que fue una manifestación de estrés postparto); la loción antipiojos; y la bandolera de algodón alemana (pero copia de las africanas) donde metíamos a Pablo como en un útero y se tranquilizaba de forma inmediata. Eché de menos un calmante de picaduras (pulgas principalmente, que vivían en uno de los sillones ... por cierto, ¡cómo es la memoria porque mi marido ya se había olvidado de lo montañosamente inflamada que llgó a tener la espalda!).

Muy útil nos resultó también un cochecito de bebés que había en la casa a nuestra entera disposición. Y que conseguimos reconstruir con cinta aislante; idea genial del encargado de entonces, Xabi). Porque en fin, hay que reconocer que estaba para el arrastre.

Me sirvió el Positón, una pomada con trazas de antibiótico, que empleé en uno de los gemelos de Pablo. Tenía una quemadura del tamaño de todo su gemelito izquierdo. Por lo visto, el día anterior lo habían bañado y lo habían quemado con las tuberías del agua caliente. Aún no entiendo cómo ¿Pegándole la pierna a la fuerza a la tubería? Debieron de mantener el contacto o no hubiera sido tan profunda. No me lo dijeron. Descubrí la roncha al cambiarlo. Era tan enorme que creí que era un calcetín ahí pegado. Me acuerdo todavía que cuando supe lo que había ocurrido, me fui a mi habitación para descargar mi furia con las maletas y maldecirme por no haber aparecido el día anterior (lo había considerado). Fue la única pega que tuve frente al cuidado de Pablo en la casa. En general, es uno de los mejores sitios que hay en Addis en este campo. Pero lo del agua caliente parece ser un común cultural etíope. De hecho, si veis que vuestros niños lloran y chillan ante la vista del agua, que sepáis que es por eso. No los bañaban en agua caliente, ¡sino hirviendo! Espero que esta cuestión ya haya cambiado. Al menos, fuimos muchos padres los que lo dijimos. Tengo ante mis ojos ahora, una escena subrealista: a mi marido, a su madre y a mi misma arrastrando al otro niño de la casa a la bañera. Iba agarrándose por las puertas, las camas, o por todo lo que pillara para evitar el baño. Hubo momentos en que me preguntaba si no sería un maltrato insistir. El pobre estaba tan asustado que tardó varios minutos en darse cuenta de que el agua no estaba hirviendo, sino que era agradable. Incluso puso cara de sorpresa. Pobre.

Teniendo en cuenta cómo es ahora mi hijo, incluiré en la maleta grandes dosis de tiritas, betadine (o cualquier otra cosa similar con yodo), dalsi a malsava, supositorios de paracetamol, antibiótico apropiado para la edad del niño (ojalá no se utilice, pero si es necesario, me arrepentiría de no llevarlo), crema de pañal, y otra muy hidratante de piel (las de karité van muy bien), baberos de plástico (fáciles de limpiar y reutilizar). Por cierto, que una de las cosas que más asustan a los novatos es la fiebre de los bebés. En Addis no nos tuvimos que preocupar por eso, nos atacó con fuerza a la vuelta. Pero todavía me pregunto qué habría hecho en caso contrario. A los bebés les sube una fiebre muy alta y rapidísimamente. Con facilidad supera los 39º. A las primeas señales de alarma hay que bajarla, con independencia de que vayamos a un médico. El apiretal es una opción, pero con Pablo nunca pudimos hacérselo tragar. Mi hijo come por el olfato y como le huela mal, cierra esa boca suya y ni con forceps. Renuncié a insistir desde una escena con antibióticos: niño de un año, padre y madre sujetándolo e intentando meterle una cuchara de antibiótico por la boca, padres apunto de perder los nervios, 120 kilos no pueden contra 10 kilos de peso, antibiótico directo a un ojo, y padres a urgencias a pedir otro antibiótico, y concretamente el penúltimo que sí se tomaba.
En cambio, con mi hijo el Dalsi no es ningún problema. El prospecto tiene una dosis recomendadas y, si la fiebre no baja, para alternar echamos mano también de los supositorios de paracetamol. Y ya lo sabéis casi todos: si no baja, hay que hacerlo a través de la piel, con baños tibios tirando a fríos (nunca helados, que eso es para los hospitales y casos extremos), o con un paño con colonia (Nenuco, por ejemplo), pues al secarse, enfría la piel y el cuerpo.

A Addis llevamos un montón de biberones pensando en tener que darle de comer cada 3 horas y que la vuelta en avión nos exigiría suficientes unidades sin necesidad de reciclar. Cabían perfectamente en el neceser.

No utilicé nada de la ropa de bebé que llevaba, exceptuando los calcetines. Reconozco que por parasitismo. Vivíamos en la propia casa de transición, y allí había un armario lleno de ropita .. y sólo dos niños en toda la casa: Pablo y otro de dos años. Así que tenía ropa para elegir de todos los tamaños y colores.

Tampoco me sirvió ni uno solo de los libros que llevé. Incluidas guías de viaje y novelas. Infeliz de mi, creí que tendría muchos momentos muertos. Los libros volvieron tal cual se fueron. Eso sí, más viajeros.

Los chupetes tuvieron un fracaso estrepitoso. No consiguieron ganar al dedo índice de la mano derecha de mi hijo, que a día de hoy, sigue haciendo el mismo trabajo: sacarle un diente hacia fuera. Ante mi total desesperación.

La leche que me llevé, de supermercado, acabó en un orfanato porque Pablo respondía mal. Lo solucionamos con leche en polvo Sandoz, de farmacia. Estaba en la casa procedente de una donación de productos que iban a ser sustituidos en el mercado (de hecho, al volver tuvimos alguna dificultad para reconocer esa leche). Nos iba tan bien con ella, que al volver seguimos con la misma hasta que pasamos directamente a la leche semidesnatada de supermercado.

Al respecto de la asimilación de alimentos para los bebés, y para los novatos, el color de la caquita es fundamental. Bueno, ya os enteraréis. Pasaréis de hablar de estrenos en salas de teatro alternativo (¿eso qué era?) a temas tan escatológicos como el color de las caquitas o de las devoluciones. Y lo sorprendente es que lo haréis ¡sin tener arcadas! ¡como si tal cosa!
Bueno, pues ese color puede tener diversas tonalidades, incluido el verde, sin que exista motivo grave de preocupación. Esas tonalidades indican, sobre todo, que hay un problema de asimilación y que quizás conviene cambiar la leche. No hay problema mientras no torne al negro, porque entonces ¡al hospital inmediatamente! Esta es la única indicación sobre salud que recuerdo de aquellos días. Y lo hago gracias a la explicación de semáforo, muy gráfica, que me hizo una amiga (y madre por partida doble): "atentos al amarillo, verde, negro". Recuerdo eso, y la advertencia de mi padre: seguir al pie de la letra las instrucciones del paquete en la preparación de la leche, utilizar la cucharilla que lleva incorporada para las medidas exactas, y rasarla con un cuchillo. Nunca echar más cantidad de la establecida ni las cucharas tan llenas que se rebose el producto.

Me faltó llevarme más memoria para fotos, aunque se solucionó en una tienda de fotografía del edificio del Makus. Pasaron las fotos de las dos memorias que tenía a dos CD (uno de los cuales se lo llevó mi compañera de fatigas, por cuestiones de seguridad) y me dejaron las memorias vacías para continuar sacando fotos.

Tampoco utilicé los juguetes, pero mi hijo tenía entonces 4 meses, así que la cuestión con Ana (que el 5 de marzo cumplrá 1 año) cambia bastante. Hay que prever juegos para las largas horas de avión (especialmente con niños de la edad de Pablo .... mi marido me ha propuesto utilizar calmantes, y cuando le he mirado extrañada y le he recordado la edad de Pablo, me ha respondido que serían para nosotros... ).

No voy a llevar sábanas, ni toallas, ni bañadores (esto por una pregunta que me hicieron entonces, y de la que todavía me acuerdo). Sí llevaré, en cambio, un bolso vacío que no pese. Por dos razones. Para llenarlo con café y para prever problemas de sobrepeso y repartir el equipaje entre dos bultos si es necesario (alguna compañía establece el sobrepeso por bulto, y no sólo por persona).

Y en fin. Nos vamos.

Hasta la vuelta. B.

miércoles 18 de febrero de 2009

YA ....

Por fin.

Ana ya es nuestra.

A las 17:00 horas, tras muchos nervios, imágenes de desastres y llamadas sin éxito, llegó la noticia esperada. Transcurridos 103 días desde la asignación, nuestro juicio ha salido positivo.

Ahora, a completar la preparación del viaje que hace ya tiempo tenemos en marcha. Aprovecho para dar las gracias a aquellos de vosotros que nos habéis ayudado con información actualizada. Ya lo sabéis. Soy vuestra. Merce, Ana, ... sin tí, no soy nada.

Nos vamos a Etiopía. B.

martes 17 de febrero de 2009

Un día ...

Este último fin de semana, mi marido se hartó de mi y me echó de casa con la orden de no volver hasta que lograse encontrar algo de calma y cumplir con mi papel de madre depositaria de la tranquilidad del hogar (por ahora estaba cumpliendo exactamente el papel contrario).

Al verme en la calle, y ante la alternativa de refugiarme debajo de un puente, elegí Barajas. Y dados los precios que había, pues en el último momento me vi volando con una gran amiga (que me aguanta demasiao, todo hay que decirlo) rumbo a Barcelona. Asaltamos la casa de otra amiga desplazada o refugiada económica (no lo sabemos muy bien) en el corazón del Raval. Disfruté de la procesión de Santa Eulalia, de la vida nocturna del Raval (¡ay! mis tiempos jóvenes), del maltrecho Parque Güel después del temporal, de los restaurantes sorprendentes y, sobre todo, del desenfreno precarnavalesco del Correfoc (dragones y diablillos -al menos van de rojo y tienen cuernos- danzando y saltando con enormes bengalas y sus tridentes, acompañados de tambores frenéticos y expulsando llamas y fogonazos a quien se quisiera acercar). Parece ser que el truco es meterse debajo de los "paraguas" de fuego para que las chispas no te caigan en la cabeza (lo intenté, pero no era tan fácil meterse debajo del fuego y sólo lo logré dos veces), ir con prendas de algodón (mi chaquetón contra el frío hecho de petróleo afrontó bien el reto a pesar de mis temores), y sobre todo, llevar el pelo bien cubierto para que no te arda. Por cierto, a pesar del morbo y de la atención que puse en verlo, parece que ningún cabello se incendió. Hubiese sido una verdadera pasada ... (ya reconozco que no estoy en mis cabales).

Mis improvisados guías me contaron que esta fiesta es pequeña en comparación con el de septiembre en las fiestas de la patrona principal. Así que queda pendiente. Claro está, si me atrevo. Porque si esta vez me abandoné en un rincón de la catedral bajo las chispas y "que sea lo que tenga que ser", pues no quiero ni imaginarme qué pensaré si me apunto al grande. Pero tengo que volver cuando mis peques cumplan dos cifras. Por ahora no es espectáculo para que los peques se metan dentro (antes hubo uno pequeño para ellos que no vi). Pero sí para adultos que quieran volver a serlo algunos instantes.

Pablo parece haber llevado la separación con altibajos. El lunes volvió a clase y lo primero que anunció a la profesora es que el fin de semana había sido solo de chicos, porque su mami se había ido con unas amigas al fuego y a bailar (sic). Medio por casualidad y para que no me echaran mucho de menos, les había preparado un domingo de vacas y teatro en Madrid. Después, los "chicos abandonados" se iban a reunir para una paella ... de la que nada sabemos.

Me temo que no elegí bien la obra infantil en el Teatro Fernán Gómez. Según me dicen, fue infumable. Y también un poco incómodo debido a los numerosos guardias-carceleros infantiles de "buen comportamiento" que el teatro había colocado en "contra" de niños y bebés ... a los que iba dirigida la obra por otra parte. Además, resultó ser muy lenta y, en la preclara opinión de mi hijo, poco coherente. En un momento dado, por lo visto, los personajes (mujeres) se quitaban la ropa (¿? ¿en un teatro infantil?) pero se quedaban con una especie de fajas cubrevergüenzas. Para Pablo fue tremendamente absurdo: "papá ¿por qué no se quitan todo? Pues yo sería más feliz si se quitasen todo .....". ¿Precoz o lógico? Pues yo creo que no le falta razón.

Un día.

Una mami cada vez más asustada. B.

PD: Y mil besos a mi medio limón que comprendió perfectamente lo mucho que necesitaba desconectar y me animó.

PD: No avisé a nadie porque tenía dos temas tabú este fin de semana, y uno de ellos era adopción. Condición imprescindible para emprender el viaje.

miércoles 11 de febrero de 2009

Una semana ....

¡Una semana! ¡queda una semana!

Lunes por la mañana, gestión de información ante la seguridad social. Segundo hijo pero primera maternidad. Mi exceso de responsabilidad es altamente idiota, lo se.

Funcionario UNO, ni idea, pero tan exquisitamente empalagoso que veo pasar las manillas del reloj sin ninguna compasión por mis nervios. Lectura de los apartados del formulario. Uno a uno. Cada uno de ellos. Llego a apreciar su amabilidad.

Pero no vale, porque no me escuchó al aclarar la categoría de Roberto. Vuelta a empezar la lectura del formulario desde el principio. Renuncio a explicarle que sé leer y que solo me interesan los comentarios sobre una o dos cuestiones prácticas concretas. Al fin y al cabo, tendré que volver a tratar con él. Intento enterarme con tacto de lo que me interesa. Nuevo chasco, no lo sabe. ¿Qué ingenuidad la mía me hizo creer que él sabía lo que yo ignoro o al menos no he confirmado? Por lo visto, no hay demasiadas adopciones en el pueblo de mujeres trabajadoras que les de experiencia.

Funcionario DOS en la mesa de al lado. Funcionario tipo "cardo metete-en-todo". Tiene totalmente anulado, subyugado, acosado, al funcionario UNO. Es evidente por la deferencia con que éste lo mira. Dice que ellos no tienen nada que ver con la maternidad mía porque mi marido es de diferente régimen, ¿?, que si el juicio es el 18, mi baja ha de empezar entonces, que no pueden decirme desde cuándo empieza la fecha de mi baja porque en "servicios centrales" pueden cambiarla, que no pueden aclararlo porque en "servicios sociales" (¿lo escuché bien?) decidirán en función de los convenios internacionales que España haya firmado. ¡Hostias! No tiene ni zorra, pero ¡qué bien le deben de haber sonado lo de los convenios internacionales! Y no, no le dije en qué trabajaba, ¿para qué? Acaba de ponerme patas arriba toda una serie de ideas bien radicadas, en solo 5 minutos. Lo prometo, no pasaron más de 5 minutos para esas tres respuestas. Menos mal que mi cerebro ha decidido pasar a stand-by para no sufrir daños mayores. Voy cabreándome ...

Funcionario TRES mayor, en la mesa de al lado del funcionario DOS, que a su vez, está junto al funcionario UNO que me atiende a mi. Interviene para decir con voz monótona que la fecha la elijo yo al poner la fecha del viaje y que es muy probable que la respeten. Aunque el juicio sea antes. Aclaro que el formulario solo tiene dos opciones o el día de juicio o el del viaje en el supuesto de que sea antes, pero quería confirmar que la fecha de un viaje posterior al juicio, también es práctica admitirla.

Silencio por parte de los dos lacayos. Funcionario DOS, "ya te lo decía yo". Arqueamiento de cejas por mi parte.

Otra cuestión, procedimiento para ceder días a mi marido. Funcionario UNO: es imposible porque no está en este régimen. Funcionario DOS: nosotros no tenemos nada que ver, iros al otro sitio (¿? ¿yo también? ¿y yo no les digo a ellos que por ese periodo no me tienen que pagar? esta gente no solo ignora la Ley, sino que también carece de sentido común). Paciencia señor [¡¡¡queda una semana!!!]. Lo intento, lo reintento ....

Interviene el funcionario TRES, como si no estuviera escuchando mientras atiende a un compadre que lleva matándome con la mirada un buen rato. Hay un papel en el formulario que tiene que rellenar para avisar que le cede días al cónyuge. Lo hace con voz cansina [¡¡¡queda una semana!!!]. Yo lo había intentado aclarar, pero hasta que TRES no ha hablado .... Lo ponía en el mismo formulario y yo lo he podido leer; aunque al revés, porque el funcionario UNO sigue sin dármelo. Recapitulemos, dice, apartado 1, nombre del solicitante .... Tengo un deja-vu. Ya he pasado por esto antes. Unas cuantas veces.

Intervención de un funcionario DOS airado porque he puesto su autoridad en entredicho de forma indirecta: "ya, pero las seis primeras semanas las tienes que tomar tú". ¡¡¿Perdón?!! Ya he dejado atrás el cabreo, ahora me estoy divirtiendo. "Por supuesto, no vaya a ser que me den más puntos o que me hagan una cesárea o que tenga alguna complicación en el parto del que recuperarme". Me mira, no coge la ironía. "Tu marido solo puede a partir de la séptima semana". Se me escapa un "¿mande?!" involuntario.

Nueva intervención del funcionario TRES (que me parece que siente algo más que indiferencia condescendiente hacia los otros dos): "..... es adopción ..... pueden hacerlo como les de la real gana ....". Estira las palabras, no sube el tono de la voz, y ni siquiera sonríe. Pero ya sé con quien quiero tratar la próxima vez que vaya.

Funcionario DOS: "¡lo que yo decía!". Ahora sí que tengo que largarme cuanto antes o no podré controlar mis impulsos (que entre tantas hormonas últimamente están más desconocidos que nunca). Me vuelvo a cabrear peligrosamente.

Pero no puedo, el funcionario UNO, el que me atendía, el último en la cadena, no ha acabado de leer el formulario y sus principios le impiden entregármelo antes. "Recapitulemos .....".

Paciencia, Blanca, sabes más que ellos, pero de todas formas no te hacen caso (como todos últimamente). No te alteres. Cierra los oídos. Espera esa media hora que hace falta para que te entreguen esos dichosos papeles. Prometo que la próxima vez me iré con el funcionario TRES aunque tenga que acostarme antes. Lo traeré rellenado como me de la gana y no diré ni una palabra de más.

Por fin. Dos horas y veinte minutos más tarde, además de muchos tiempos vacíos.

Queda una semana ......