"¡Mamá! ¿Jugamos al avión, y que yo era el taxista y luego el bebé y que tú me vas a buscar a Etiopía? ¿vale? ¡¡venga!!". Y como no admite un "no" por respuesta, pues a jugar.
O sea, me siento en el sofá, "llamo" al taxista para que me lleve a Barajas, mi hijo se convierte en el piloto, y me "lleva" a Etiopía. Allí me "recoge" Pablo-Kaleb (su amigo de la casa de huéspedes) y me "lleva", primero al hotel, y luego a la casa de los bebés, a por el mío, que se llama Pablo ... y que es él, claro. A partir de ese momento, mi hijo retrocede unos dos años y medio de edad. Hasta casi la hora de cenar. O más allá.
Y así una tarde, y otra, y otra más. Mi hijo mayor quiere ser un bebé de nuevo. Y es capaz de pasarse toda la tarde haciendo pucheritos y hablando en babylenguaje, o sea, parloteando como él cree que lo haría un bebé. Además, tengo que cambiarle de mentira un par de veces el pañal por las tardes; y, ya de verdad, por la noche me he pasado al calzoncillo pañal para niños mayores porque la lavadora me ha lanzado un ultimátum muy claro. O trabaja menos o me compro otra. Y el patio no está para lavadoras nuevas a estas alturas después del macroviaje africano. Y si al menos el "escape" se produjera sólo cuando está dormido, tendría un pase. Pero no. Dormido o despierto. Es igual. Así que el catálogo de ropa interior ha tenido que aumentar proporcionalmente al desastre.
La regresión es brutal. Y cuando está en plena representación, pues, su hermana tiene que ser relegada a un lado. ¡Claro! no vaya a robarle el protagonismo, ni los mimos que a su juicio, solo tienen los bebés.
Así que Ana, empieza a llorar porque no comprende por qué no la cojo, o la aparto o me empeño en dejarla en el parque del salón a falta de manos o cuando su padre está trabajando. Parque que se ha convertido en un mecanismo automático. Es tocarlo con el pie, y comienza la tragedia griega. Me mira con su cara margarettatcher, como acertadamente la bautizó el Dr. Markus, aprieta los párpados, frunce los labios, abre la boca .... y comienza la guerra de desgaste. O sea, de desgaste de mis nervios. El a-ver-quién-puede-más, yo, llorando, o tú, haciendo como si nada.
Los métodos de aprendizaje de padres están muy bien, pero deberían de adjuntar un curso de yoga o meditación trascendental, la verdad. No he echado mano de la valeriana todavía por el temor bien fundado que tengo a caer en una grave adicción.
Y nada de "¡pobrecita!". ¡Pobrecita yo! ¡qué narices! Lo tengo todo en contra. incluída la apariencia, que es lo peor. Mirad, es sacarla del parque y que el río de mocos, lágrimas, gritos y demás parafernalia se corte de forma radical. De repente. Sin transición. Entonces, me mira con los ojos ladinos de quien ha ganado, se echa a reir (no exagero) y se larga trotando. Porque antes que correr, mi hija trota; se inclina hacia delante, rompe la verticalidad, y sale escopetada hacia cualquier parte para evitar ser apresada de nuevo. "¡¡Ohh, ohhhh ¡¡¡Freedommmmm!!! ¡¡Oh, oh!!! ¡¡Freedom!!.. etc". Cuando veo a mi hija correr no puedo dejar de acordarme de esta canción de los esclavos negros de Norteamérica que cantábamos en los scouts durante la marcha. Decididamente, es su banda sonora.
Ella es independiente, libre. Y yo no soy nadie para coartarla. Piensa así. Y me lo hace saber. Este mico de 5 ó 6 años encerrado en el cuerpecito de un bebé de 15 meses, me reta, me engaña, me puede de continuo, me calibra. Sí, no engaño. Todos los días me examina para decidir cuál es la mejor forma de dominarme y que no la moleste demasiado. Ya ha abandonado la técnica de ablandarme cogiéndome de la cara con las dos manos para acercarme la boca a su frente. Al principio, me derretía, lo reconozco, pero ya se ha dado cuenta de que no cuela para conseguir sus objetivos (que suele ser o libertad o comida). Me reta.
Anoche, sin ir más lejos.
Me enfrenté a esa temida hora, la cena, con valor. Lo prometo. Desempolvé las hojas de las canciones que había buscado para Pablo durante sus primeros meses de guardería. Y empezamos a recordar. Pablo estaba maravillado, pues eso le retrotraía al menos a año y medio atrás. Y ahora mismo él no tiene otro objetivo que ese, decrecer. Pero Ana se volvió literalmente loca. No podía aguantar ver la comida en mi mano y que ésta no avanzara rápidamente hacia su boca, sino que se empeñara en dibujar en el aire con la música. Porque yo me distraía cantando y reducía el ritmo de los bocados. Y no lo toleró. Ya le ha costado acostumbrarse a comer a dos manos: o sea, las mías. Una mano para ella, otra para Pablo (que, por supuesto, exige que también le den de comer). Y, como no tengo más que dos manos, estoy pensando seriamente en utilizar los pies. Me hacen falta para sujetar las manos de mi hija, que, al igual que sus ojos, tienen vida propia y aprovechan todos mis despistas para revolcarse dentro del plato.
Puestas así las cosas, (lo del teléfono sonando, lo dejo, porque es un factor incontrolable) el papi llegó providencialmente para apartar la comida fuera del campo de visión de la troglodita, y yo pude terminar la otra cena y alguna canción más. Ante las protestas de mi hijo-mayor-venido-a-menos que me reprochaba que no le prestaba atención. En estas ¿se extraña alguien de que yo estalle cuando me vienen con los dimes y diretes de toda la vida? ¡Pero si me importan un pimiento! Y además, están tergiversados. En fin, que no tengo cabeza nada más que para atender a la regresión de mi hijo, y a las ansias y angustia de mi hija. ¡Pobre! ¡qué hambre ha pasado! Lo demás, sobra.
Además, poco a poco, voy aclimatándome, tranquilizándome, asumiendo mi nueva condición, después de tanta turbulencia emocional. Bueno, no lo hago sola, sino con el padre de las criaturas, por supuesto, del que no hablo mucho para no avergonzarlo, pero que es un santo (véase el dibujo más abajo). Voy aprendiendo que las cosas mejoran, que lo principal y lo único importante, mi familia, llegará a buen puerto. Ya lo vemos en pequeñas cosas. Como con Pablo, cuando se mete en el parque con su hermana a ver la tele, para que no esté sola y acaban jugando a "hacer ruido" (juntando las piernas, tumbándose de espaldas, y dando patadas a cada cual más fuerte), o cuando juegan al pilla-pilla o a hacer caras frente al espejo que tenemos apoyado en el suelo y que no nos decidimos a colgar, habida cuenta del buen uso que le han buscado. Se buscan, juegan juntos (Ana sí mira a los ojos a Pablo y no le rehúye la mirada, así que eso me da esperanzas de que también llegará a hacerlo conmigo), se alegran y se ríen a la vez. Ana no para de imitar a su hermano, que se ha convertido en su boya en ese océano de incertidumbre al que le ha empujado su vida; y Pablo va superando el mal trago de los últimos días de Addis y el susto de la comprensión, para recordar ahora esos días con cariño. Está pasando su regresión con celos mínimos gracias a que participó en la búsqueda de su hermana, y se pavonea cuando ella va a buscarlo a clase y todos los niños quieren tocarla. Entonces, es el Rey.
Y yo, pues en fin, no me da mucho tiempo para pensar en cómo me siento. Y quizás incluso lo evito porque creo que no me gustaría demasiado la conclusión. Todavía no. Mientras, aprovecho los momentos buenos y la creciente sintonía que se está fortaleciendo entre mis hijos, intento llamar a mis amigos (o tengo pocos o todos tienen la enorme manía de estar muy ocupados o de trabajar o de llamarme cuando no puedo atenderlos ¿?) y sigo empeñada en que los papis experimentados me suelten la clave de su éxito. Especialmente aquellos que tienen 2 plus. Pero nada, no quieren darme el gusto. Y espero. Espero con ansia y con gran escándalo de las que me leéis, lo sé ¡¡que llegue el día de volver al trabajo en horas diurnas y a jornada completa!!
Una mami algo vapuleada y no sé muy bien si buena o mala. B.