
Erase una vez, hace muy poco tiempo, dos hermanos que decidieron salir al mundo y tener una aventura antes de que las obligaciones de la vida normal les hiciesen comportarse como "personas mayores y responsables". Es decir, tomaron una decisión que cualquier persona con más de dos dedos de frente siente en algún momento de su vida: hacer algo diferente. Y estos dos hermanos tenían prisa porque se les venía encima la rutina, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Es decir, al día siguiente, al volver al cole; como todos los lunes. Así que no se lo pensaron más, y se lanzaron.
Pero quiso la mala suerte que el día de su aventura hiciera frío, mucho, mucho frío. Así que nuestros dos hermanos se abrigaron hasta las orejas (y bien que hicieron porque luego el frío fue tan intenso que sus orejitas amenazaron con caerse en pedacitos marrones). Sin embargo, el dios de la aventura no fue demasiado malo, porque además de un frío terrible, se compadeció de los dos hermanos y les regaló un sol bastante mono para ese día. Así que el día señalado tenían motivos para estar contentos. Pero había un inconveniente: no sabían conducir y la aventura estaba bien lejos. Además, había que subir en coche por una montaña bastante rebuscada; tanto por las curvas como por lo empinado del terreno. Y no es que no supieran conducir porque no fueran inteligentes, sino porque los

fabricantes de coches los hacían con tan mala idea que no se podía llegar a los pedales con menos de un metro y medio de altura.
Así que nuestros dos hermanos buscaron una solución y decidieron incluir a sus papis en la aventura.
En fin, no hubo más remedio. Aunque siempre era un poco pesado sacarlos de casa y llevarlos con ellos. Sobre todo porque estos papis tenían manías variopintas: siempre estaban encima de nuestros hermanos quitando mocos, insistiendo en abrigarlos, quejándose cuando nuestros dos héroes cumplían el deber que tiene todo niño de meterse en el barro (aunque el barro sea difícil de alcanzar y el camino más grande no lo tenga), y sobre todo, empeñándose en comer.
Fue un poco difícil hacer que los papis cogieran el coche, pero nuestros dos protagonistas lo consiguieron. Se portaron bien durante el viaje y pusieron música agradable, tipo "Los payasos" o "el patio de mi casa". E incluso pararon junto al camino para admirar a una manada de caballos muy melenudos que había cruzado tranquilamente la carretera comarcal, después de pasar el puerto que había escondido detrás de las nubes bajas.

El camino fue, en opinión de nuestros hermanos, bonito y curioso porque parecía un bosque con esos árboles tan grandes y todos esos animales sueltos (sobre todo, las vacas y los toros), pero también algo mareante con tanta curva. Pero en general, se hizo corto para los adultos, así que los dos niños se tranquilizaron sobre si la idea de traer a los papis había sido o no buena.
Algo más complicado resultó que los papis fueran sin rechistar por el sendero que nuestros niños habían elegido para andar. Y que mamá no se parara a cada instante haciendo fotos. Y que no tuvieran miedo de las casas de las abejas (nuestros hermanos tuvieron que cogerles de la mano para asegurarles que hacía mucho tiempo que las abejas ya se habían ido). Algo mejor se lo pasaron los mayores en el molino, porque les parecía "mas civilizado". Aunque papá se volvió a asustar cuando vio tanta agua junto a la pradera y comprobó que estaba tan fría. Decía que la temperatura era tremenda. Lo que no deja de resultar curioso como adjetivo para una temperatura. Sobre todo cuando la predominante -por mucho que bajara unos cuantos grados a lo largo del día-, fue "0ºC". Es decir, y como todo el mundo sabe, ni frío ni calor. O sea, la mar de bien.

El camino era marrón y amarillo; bastante hermoso aunque se veía que los mejores colores del otoño ya habían pasado 10 ó 15 días atrás. Pero seguía siendo muy bonito ver tanta hoja caída. Los árboles hicieron de bóveda a nuestros dos hermanos mientras caminaron, y el hielo no les molestó mucho, porque tenía muy buena educación y se quedó en los márgenes del camino sin hacerles resbalar.
Lo más bonito de la aventura, según nuestros dos héroes, fue el agua y la cascada. Aunque el resto de las cosas no estuvieron nada mal. La vuelta tuvo un poco de cuesta y les produjo la sensación de que iban a cansarse. Pero era una emoción engañosa porque en seguida se llegaba a la meta. El pueblo también les gustó bastante a nuestros dos hermanos. Las casas eran muy curiosas, todas marrones y cerradas, ¡pero con flores! Y con huertos llenos de frutales. Había manzanitas en el suelo que, según explicó a nuestros dos aventureros la guía María, no solo servían para comer, sino también para dar buen olor en alacenas y arcones.

Al final, los papis se salieron con la suya y nuestros dos hermanos cedieron y se fueron a comer ¡a un sitio de mantel y cubierto! Los platos tenían nombres rarísimos, pero por suerte, también ofrecían comidas "de toda la vida" (como los sacrosantos macarrones). Y lo más bonito. Lo hicieron junto a una chimenea. Una lumbre que se empeñaba en apagarse, aunque el dueño (que tenía un hijo de igual nombre que Pablo, y una mujer que le había copiado el suyo a Ana), insistía una y otra vez con un extraño instrumento que soplaba encima de las ascuas y conseguía que volvieran a arder.

Al final, nuestros dos peques tuvieron su aventura y vivieron un día diferente. Un día de color gris. Y no porque fuera triste, sino porque ese es el color de su recuerdo. Y el que tenía el hielo. Y Y el que eligió el cariño ese día.
Y colorín, colorado, este cuento, se ha acabado ..................................
¡Buen fin de otoño 2010! Blanca
Caramba!! Qué aventura más bien contada!! Si yo he disfrutado leyéndola, más la disfrutaríais viviendola vosotros, verdad?
ResponderSuprimirUn abrazo.
Bonita aventura!! :-)
ResponderSuprimirFelices fiestas y un abrazo!
Mariajo
Qué envidia me has dado Blanca!Pero al menos he disfrutado leyéndote.Besos de los tres para los cuatro.Carmen.
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